Un Ajuste de Cuentas...
Escrito por Gerardo Mares Rodríguez Lunes, 23 de Enero de 2012 16:00
El pueblo mexicano manifiesta un exquisito y provocador sentido del humor. Bueno, en realidad no todos participan de esta particularidad, sólo los que no se toman a la vida y al arte muy a pecho. Esto queda en evidencia con los hilarantes foto-montajes acerca de la visita papal (de quienes se oponen al fasto religioso, por supuesto) y sobre todo con el escándalo local acerca del plagio del logotipo para la presente edición de la feria de León; un humor negrísimo que pone en evidencia la creatividad de estos iconoclastas con ganas de joder y denunciando a su modo, la imbecilidad de quienes habitan estos cotos de poder. Lo raro es que el humor negro en el cine mexicano es más bien escaso y discreto. De entre los ejemplares más conocidos que se pueden destacar podemos citar a El Esqueleto de la Señora Morales (Rogelio A. González. 1960), Doña Macabra (Roberto Gavaldón. 1972), Mecánica Nacional (Luis Alcoriza. 1972), Sólo con tu pareja (Alfonso Cuarón. 1991), La vida conyugal (Carlos Carrera. 1993), La Ley de Herodes (Luis Estrada. 1999) y párele de contar. Y si a este elemento humorístico lo combinamos con una mezcla de cine policiaco en su vertiente “noir”, el resultado es una insalubre comedia que ha resistido el paso de los años.
Sinopsis: Miguel, un torpe judicial, es convencido por su jefe para convertirse en el chivo expiatorio debido a un agandalle de cocaína en el operativo en la casa de un conocido narcotraficante. Este lapsus de O’Hara amenaza con dejar sin empleo a sus subalternos. El procurador reprende con dureza a los tiras y Miguel va a parar a la cárcel donde recibe una golpiza de antología por parte de varios delincuentes a los que había madreado y mandado a presidio. Tras una accidentada operación cerebral, Miguel va a dar directo al manicomio. Ahí, medio loco, asume la identidad de Mike Hammer, un detective privado en lucha contra las fuerzas del comunismo. Al escapar del centro hospitalario; Miguel da cacería de pura chiripa, a una supuesta célula soviética, que en realidad son vulgares delincuentes dedicados al narcotráfico. El procurador, astuto, se agencia los logros de Miguel y lo deja actuar libremente. Mike camina por las calles como una especie de vigilante parapolicial...
En momentos que la corrección política inunda todos los ámbitos de la cotidianeidad, esta cinta realizada por egresados del CUEC es un soplo de aire fresco. Y esto sí que es una ironía, puesto que fue producida a finales de la década de los setenta. No importa, ya que tanto su estética cercana al tremendismo gore así como su fuerza e hilaridad han permanecido intactas. Así, el término pastiche nunca estuvo mejor aplicado en un filme de manufactura nacional. Llámenme Mike es un exultante amasijo de corrientes y estéticas que van de la comedia de trazo grueso al cine policiaco en la vertiente del vengador anónimo, con una estética donde incluso coquetea con el desparpajo sanguinolento. Hoy que es tópico presentar a los “judas” como epítome de la corrupción y la violencia en nuestro país, Gurrola y sus guionistas no recurren a ese desgastado cliché . Así, a pesar de la podredumbre moral que se cargan, el espectador puede identificarse con estos antihéroes gracias a su vena cómica; a su muy escondida humanidad que sale a flote por momentos, en la cotidianeidad del hogar; a su frágil sentido de lealtad y a una forma de ser muy “mexicana” proclives a la violencia extrema, a su hedonismo cabaretero y el valemadrismo típico autóctono; o sea son chotas más preocupados por su subsistencia personal que por impartir justicia. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Entonces, en este universo esperpéntico, no existe Ley y Orden que valga, ni siquiera en ese manicomio cuyos doctores, igual de alucinados que el frenético Mike, diagnostican enfermedades con una ligereza desternillante. En una lectura más profunda, Llámenme Mike es una cruda radiografía acerca de las distróficas “instituciones de justicia” y un ajuste de cuentas a las figuras de autoridad de nuestro atribulado país, desde las ineptas procuradurías, pasando por las de Salud y hasta se permite chistes obscenos contra los fundamentalismos cristianos. El relato y la puesta en escena siempre mantienen un equilibrio entre el humor descarnado, la construcción del gag y la violencia sin condescendencias de ningún tipo. Condicionados de tal manera, hasta es creíble que un corrupto policía se convierta en un paladín de la justicia nomas por pura demencia… Antecediendo la estética y el humor enfermizo a lo Quentin Tarantino, Mike encarnado en la recia presencia de Alejandro Parodi, el personaje también presume varios wisecracks en la más pura tradición hard boiled, algunos de antología: “Miguelito es el ratón… ¡a mí llámenme Mike!”
Llámenme Mike/ D: Alfredo Gurrola/ G: Reyes Bercini y Jorge Patiño/ F en C: Miguel Garzón/ E: Ángel Camacho y Rogelio Zúñiga/ M: no acreditada/ Con: Sasha Montenegro, Alejandro Parodi, Víctor Alcocer, Carlos Cardán, José Nájera, Humberto Elizondo, Grace Renat, Juan José Gurrola/ P: Conacite Dos. México 1979.
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