Martes, 14 de Febrero de 2012 08:45

Enrique Peña Nieto sí existe. Es real. Así lo constataron miles de sus seguidores o quizá sea mejor decir, fans. Una hilera interminable de manos y manos lo jalaban, lo apretaban, lo pellizcaban y lo torteaban; querían hacerlo suyo un instante para la foto, para el abrazo, para el beso, la arenga. La emoción desbordaba a todos. A Peña Nieto lo asfixiaba.
Había 12 mil sillas en dos salas unidas del Polifórum. No se veían en el mar de cabezas que atiborraba el espacio. La mitad con sombrero y la mitad de puntitas para tratar de ver algo más que nucas y rostros sudorosos. La gente entraba y salía como quien viene al Santuario y ve la imagen mística y una vez afuera, suspira volteando al cielo.
Dos horas duró la espera para que llegara Peña Nieto y en todo ese tiempo entró y salió gente del Polifórum. Si adentro había 15 mil apretujados, en el pasillo del recinto y en la calle que hace frontera con la Feria había otros 5 mil sentados en las jardineras, deambulando aburridos, comiendo papitas o platicando de todo y de nada mientras cuatro bandas de Salvatierra tocaban cumbias y norteñas alternadamente.
“Peña Nieto te da la mano”, decía la oradora a la masa que atiborraba los salones. Cuando por fin llegó el ex gobernador mexiquense aquello fue un pasmo, no la locura. Nadie sabía por dónde entraba el candidato, ni él a dónde iba. Y nadie lo veía, excepto a los que se iba topando de frente y él, con la sonrisa y consigna: saludar de mano…
Así fue media hora. Enrique Peña Nieto cruzó el pasillo del Polifórum, lo sacaron y le hicieron dar la vuelta otra vez para volver a entrar. El priista –que se quitó la chamarra roja acalorado a las primeras de cambio-, iba envuelto en un cerco de agentes del (debe ser) Estado Mayor Presidencial que por más que empujaban y trataban de abrir camino, sólo lograban que diera el siguiente paso. Era como si Moisés quisiera abrir las aguas del Mar Rojo y no funcionara la varita.
Peña Nieto, para entonces arremangado, se subía de vez en vez a las vallas metálicas y saludaba al aire –y jalaba una bocanada para aguantar el paso- y señalaba a la raza –la plebe, definió su hija- viendo al infinito. Y regresaba a la marejada de manazos, besos al aire, jalones, suspiros en la cara, gritos destemplados en el oído y fotos de celular movidas, mientras los chicos de las bandas de viento tocaban dianas con los cachetes rojos.
El candidato volvía a subirse a las vallas pero ya para entonces parecía buscar la salida. Con los ojos suplicaba “¡¿por dónde?!. Una adolescente se le aventó al cuello y se logró tomar una foto. Gritaba de la emoción, manoteaba feliz -¡Dos veces me abrazó!, repetía-; se llama Karen, venía de Dolores Hidalgo en uno de los tres camiones que trajo de allá el Movimiento Territorial. Tiene 16 años y advierte: ya le dijo a su novio que vote por Peña Nieto.
Atrás de ella, un ranchero de chamarra de cuero con playera verde que decía “Abasolo-PRI” le dio un manotazo en la espalda a Peña Nieto cuando pasó ante él. Se moría de la risa: “Sí está guapo el condenado”. Luego se sumó a la bola atrás de él gritando ¡Viva, viva, viva…!.
A empujones, sus escoltas lograron llevarlo hasta el estrado del multitudinario mitin ¿Qué dijo Peña Nieto? Quién sabe. El discurso o los tres libros que marcaron su vida no eran tema esta tarde. Devotos en la fe de que están próximos a regresar al poder, los priistas trajeron a su candidato que es, tal cual, como usted lo vio en televisión. Y a eso vino la gente: a verlo. Porque en 20 años los priistas de Guanajuato sólo pueden ser tomistas y así van, hasta no ver, no creer. Y ayer, salían casi santiguándose, orgullosos, orondos: Peña Nieto existe.
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